La cumbre climática en Colombia y el portazo a Donald Trump: El nacimiento de un nuevo bloque de poder verde

Mauro Cubaque

 

En Breve

Exclusión Estratégica: La administración de Donald Trump no fue invitada por ser considerada opositora a la transición energética.
Nuevo Eje Geopolítico: 60 naciones en Santa Marta representan el 50% de la población mundial, buscando saltarse el consenso de la ONU.
Trampa de Deuda: Expertos denuncian que el sistema financiero cobra intereses del 15% a países pobres para proyectos renovables.

 

La cumbre climática en Colombia ha marcado un hito histórico al excluir formalmente a la administración de Donald Trump, consolidando lo que los organizadores denominan un "nuevo poder" global. Este evento, celebrado en la ciudad costera de Santa Marta, reúne a 60 naciones con un objetivo radicalmente distinto a las decepcionantes COP de las Naciones Unidas: acelerar el fin de la era de los combustibles fósiles. Mientras Washington se recluye en una retórica que califica la crisis ambiental como un "engaño", el bloque liderado por Colombia y los Países Bajos ha decidido avanzar sin el permiso de los mayores contaminadores del planeta.



La decisión de no enviar una invitación a la Casa Blanca responde a una estrategia de supervivencia diplomática. Los anfitriones buscan evitar el poder de veto que históricamente han ejercido los grandes emisores en las negociaciones internacionales, bloqueando cualquier avance real sobre la eliminación de hidrocarburos. Para Irene Vélez Torres, ministra de Ambiente de Colombia, la presencia de más de 50 países que representan casi la mitad de la población mundial es prueba suficiente de que el eje de influencia está rotando. Esta "coalición de hacedores" se enfoca en acciones técnicas y financieras directas, dejando de lado la parálisis burocrática del consenso absoluto que rige en la ONU.


Desde que asumió el poder, el gobierno estadounidense ha desmantelado gran parte de la arquitectura ambiental de su país, retirándose del Acuerdo de París y expandiendo las perforaciones de petróleo y gas. Esta postura ha convertido a la mayor economía del mundo en un paria para las naciones del Sur Global y los estados europeos progresistas. En Santa Marta, la consigna es clara: el tiempo de las conversaciones educadas con quienes niegan la evidencia científica ha terminado. La ausencia de los gigantes del petróleo no se ve como una debilidad, sino como una liberación necesaria para trazar una hoja de ruta técnica sin sabotajes internos.


Es fascinante observar cómo la arquitectura de este encuentro desafía la norma diplomática. Al no estar bajo el paraguas de la ONU, los países participantes pueden discutir mecanismos financieros y leyes de prohibición de exploración sin temor a represalias comerciales inmediatas. Se trata de un ejercicio de soberanía energética que busca desmantelar la trampa del sistema financiero internacional. Actualmente, el capital fluye con mayor facilidad hacia proyectos de carbón que hacia granjas solares en el mundo en desarrollo, una anomalía que Santa Marta pretende corregir mediante la cooperación Sur-Sur y el apoyo de potencias medianas europeas.


El realismo político de esta cumbre también se refleja en la participación de regiones subnacionales. Aunque el gobierno federal de EE. UU. ha dado la espalda al clima, estados como California han enviado delegaciones para reafirmar su compromiso con la neutralidad de carbono para 2045. Esta dualidad demuestra que la lucha por el planeta ya no es exclusiva de las capitales nacionales, sino un esfuerzo fragmentado pero potente donde ciudades y provincias toman las riendas ante la inacción de los líderes populistas.


Finalmente, este encuentro en territorio colombiano es un grito de guerra contra la complacencia. El mensaje enviado a Mar-a-Lago es contundente: el mundo seguirá girando hacia lo verde, con o sin el apoyo de los poderes tradicionales. La cumbre de Santa Marta no es solo una reunión de ministros; es el plano arquitectónico de un sistema económico que ya no depende de la bendición de los magnates del crudo, sino de la voluntad de naciones vulnerables que han decidido dejar de pedir permiso para sobrevivir.


¿Por qué el veto a Donald Trump fortalece la legitimidad de la cumbre en Santa Marta?

La exclusión de la administración de Donald Trump de la cumbre de Santa Marta no fue un descuido, sino un acto de higiene política. Los organizadores definieron el evento como un espacio exclusivo para una "coalición de hacedores", un término que automáticamente deja fuera a quienes promueven activamente los combustibles fósiles. Al eliminar el ruido de la negación climática, los delegados de 60 países han podido profundizar en aspectos técnicos que suelen ser bloqueados en las COP. La ministra Irene Vélez fue enfática al señalar que, cuando los grandes emisores participan, suelen usar su peso diplomático para vetar cualquier discusión seria sobre la eliminación del carbón y el petróleo.


La legitimidad de este encuentro emana de su representatividad poblacional más que de su poderío militar. Con el 50% de la humanidad sentada a la mesa, incluyendo países consumidores, productores y los más vulnerables del Sur Global, Santa Marta se ha erigido como un parlamento alternativo. Esta estructura permite que naciones como Colombia o los Países Bajos hablen de tú a tú sobre la deuda climática sin la sombra intimidante de las potencias industriales. La ausencia de Trump ha permitido que el discurso pase de la defensiva a la ofensiva, proponiendo leyes que prohíban la exploración de nuevos yacimientos, como ya lo ha hecho Quebec en Canadá.


La pericia técnica mostrada en las sesiones de trabajo ha revelado que el principal obstáculo para la transición no es la falta de tecnología, sino la estructura del sistema financiero global. Es escandaloso que a un país africano se le cobre un 15% de interés por financiar una planta solar, mientras que en Europa el costo es del 2%. Esta desigualdad financiera es la verdadera "trampa del carbono" que Santa Marta busca desmantelar. Sin la interferencia de delegados pro-fósiles, los expertos han podido diseñar mecanismos de crédito que priorizan la justicia climática sobre el lucro bancario tradicional.


El enfoque en la "transición justa" asegura que los trabajadores de las industrias extractivas no queden en el olvido. En los párrafos de las resoluciones preliminares, se destaca la necesidad de inversión masiva en infraestructura como redes eléctricas y almacenamiento térmico. California, actuando de forma independiente al gobierno federal, ha presentado sus mercados de carbono como un modelo viable para generar inversión sin depender del presupuesto nacional. Este pragmatismo es lo que le otorga a la cumbre una autoridad que las burocráticas reuniones de la ONU han perdido tras décadas de promesas incumplidas.


Por último, el ambiente en Santa Marta es de un optimismo cauteloso. Jean Lemire, enviado climático de Quebec, ha sido la voz de la razón al advertir que, aunque hay dinero para la guerra, escasea para el clima. Sin embargo, al estar bajo la "regla del consenso" en la ONU, los avances son nulos. Esta ruptura con el proceso tradicional es lo que convierte a Santa Marta en el laboratorio de un orden mundial nuevo, donde la pericia científica y la urgencia ética pesan más que los intereses electorales de un solo hombre en Washington.


La trampa financiera y el costo desigual de ser ecológico

El desarrollo de la cumbre climática en Colombia ha puesto el foco en la hipocresía del sistema financiero internacional. Mientras que las energías renovables como la solar y eólica son hoy más baratas de operar que el carbón, su costo de construcción inicial es prohibitivo para las naciones en desarrollo. Esto se debe a que los préstamos internacionales están cargados de primas de riesgo que no reflejan la viabilidad del proyecto, sino la calificación crediticia del país. En Santa Marta, se ha denunciado que esta brecha de intereses condena a los países pobres a seguir quemando gas y petróleo simplemente porque el capital para esos sectores fluye con menos trabas.


La referencia a la "trampa de deuda y combustibles fósiles" ha sido una constante en todas las mesas de trabajo. Muchos gobiernos del Sur Global no están casados ideológicamente con el petróleo, sino que se ven obligados a depender de sus ingresos para pagar deudas externas asfixiantes. Este ciclo vicioso impide que los presupuestos nacionales se desvíen hacia la modernización de redes eléctricas o sistemas de almacenamiento. La cumbre busca crear un fondo de garantía que reduzca los costos de endeudamiento, permitiendo que un panel solar en Colombia sea tan rentable financieramente como uno en los Países Bajos.


Los datos presentados por expertos de la Iniciativa del Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles son contundentes. La fiscalidad de las naciones vulnerables es tan limitada que cualquier choque en los precios de la energía importada descarrila sus economías. Por ello, la transición no es solo un objetivo ecológico, sino una estrategia de seguridad nacional. La ausencia de Donald Trump ha permitido que esta conversación no sea desviada por argumentos sobre la competitividad de las petroleras, centrándose en cómo salvar las finanzas de los países que ya están sufriendo inundaciones y sequías extremas.


La coordinación global para esta transición sigue siendo desesperadamente lenta, según denuncian voces como la de Jean Lemire. Sin embargo, el hecho de que 60 países estén alineando sus legislaciones internas para detener la exploración es un paso gigante. Quebec ha servido de inspiración al demostrar que es posible aprobar leyes que prohíban la producción de hidrocarburos con consenso social. Este modelo de "decir no" a los fósiles es lo que asusta a la administración Trump y lo que ha unido a este nuevo bloque de poder en territorio colombiano.


¿Logrará Santa Marta sustituir la ineficacia de las cumbres climáticas de la ONU?

La cumbre de Santa Marta se presenta como el antídoto necesario contra la parálisis de las COP de la ONU, donde el requisito de unanimidad permite que un solo país bloquee el progreso de cientos. Al operar fuera de este marco burocrático, los 60 países asistentes han podido redactar acuerdos de implementación inmediata, enfocados en la desinversión de carbón y la creación de redes eléctricas regionales. El éxito de este encuentro no se medirá por la elegancia de sus declaraciones, sino por el flujo real de capital hacia proyectos de energía limpia en las naciones participantes.


Este bloque representa una nueva arquitectura de poder que desafía el dominio de los grandes emisores. Al centrarse en una "coalición de hacedores", Santa Marta envía un mensaje claro: el liderazgo climático ya no reside en quienes tienen las mayores reservas de petróleo, sino en quienes tienen la mayor voluntad de cambio. La pregunta que queda en el aire es si este modelo de cumbres "por invitación" se convertirá en la nueva norma para salvar el planeta. ¿Podrá el Sur Global sostener este impulso sin el apoyo financiero de las grandes potencias que decidieron ausentarse?


Preguntas Frecuentes

Los organizadores decidieron no invitarlo porque su administración es considerada contraria a la transición energética. Trump ha calificado el cambio climático como un "hoja" y ha retirado a EE. UU. del Acuerdo de París .
La iniciativa es liderada principalmente por Colombia y los Países Bajos, contando con la participación de 60 naciones que representan casi el 50% de la población mundial .
El costo de financiamiento. Mientras que en Europa el interés es del 2%, en África alcanza el 15%, lo que hace que seguir invirtiendo en gas y petróleo parezca más barato a corto plazo .
California tuvo una presencia destacada, reafirmando su compromiso con la neutralidad de carbono para 2045 y utilizando sus propios mercados de carbono para financiar la transición .
🛡️ Verificado por humanos Confianza editorial: 99% | Última revisión: 2026-04-29

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